Colegio Calasanz de Nicaragua
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Pasó por el mundo haciendo el bien (1907-1972)
Padre Bruno Martínez, un escolapio de ñeque
José Enrique Medina, Secretario
Asociación Nicaragüense de Exalumnos Colegio Calasanz (ANECC)

En un pequeño pueblito de la serranía de Albarracín, en la provincia de Teruel, perteneciente hoy a la comunidad autónoma de Aragón, España, en el 9 de noviembre de 1907, vino al mundo llorando y con los puños cerrados, como casi todos los seres humanos, Bruno, hijo de Gabriel Martínez y Teresa Sacedo. Infancia humilde, campesina, austera; educación cristiana, devoción singular y vocación temprana; ¿parecida acaso a la de un Jesús nacido en Belén de Judá?

Este pequeño aragonés, coterráneo de nuestro santo padre fundador, inició su camino de escolapio desempeñándose como ayudante de cocina en el postulantado de Masía porque desde temprano manifestó su deseo ser sacerdote; el Señor una vez más recurría a un humilde y justo para realizar su obra.

Su formación académica y espiritual tuvo su momento de alegría el 25 de septiembre de 1932, a los 24 años, diez meses y 16 días de haber nacido, cuando cantó su primera misa solemne, en medio del júbilo de su pueblo pobre; un día antes había sido ordenado sacerdote en la ciudad de Teruel capital de la provincia.

Su sencillez de carácter trascendía todos los actos de su vida, siempre usaba solamente un par de zapatos, no hay para qué tener más, si sólo uno es necesario, podría haber pensado, como en realidad así es. Nunca tuvo un reloj propio, salía de su habitación a ver la hora que marcaba el que estaba en la pared de la comunidad. Era pobre de cosas personales, para vivir con intensidad su amor a Cristo, no necesitaba de nada más que su inmenso talento, su sencillez y su intensa vida espiritual.

Su porte siempre fue el mismo: piadoso, modesto, afable, rebosante de una gracia espiritual que sin ninguna duda, reflejaba su presencia. «Alma excepcional dentro de un cuerpo chico», dice el Padre Jesús Gómez su más cercano conocedor espiritual y humano. Y es que él en verdad era chiquito, chaparrito como decimos en Nicaragua, pero con una estatura moral, sacerdotal, de sembrador de futuros y de venerable, que alcanzó los máximos destinos que Dios nuestro señor le depara a los justos.

Desde sus primeros tiempos en la Escuela Pía demostró gran capacidad y entrega para la enseñanza y el aprendizaje, esmero en la preparación de sus clases, entusiasmo desbordante y elocuencia en sus discursos docentes, ardiente compenetración del espíritu calasancio, vibrante y convincente por el testimonio intachable de su vida sacerdotal.

Llegó a Managua el 9 de septiembre de 1952, poco tiempo antes de cumplir 45 años de edad. Llegó «de modo bien evangélico, sin alforjas ni medios materiales, con qué desenvolverse» como él mismo lo dijo, lo escribió. Desde aquel día su quehacer fue infatigable, constante, ideando y trabajando; como dirían algunas personas en Nicaragua: a puro Corazón de Jesús.

Sirviendo en la comunidad como rector y en el colegio como director; en las parroquias como cura de a pie y predicador iluminado; en el campo como misionero y en las aulas como maestro y en el confesionario como padre espiritual lleno de ternura, en definitiva, un sacerdote escolapio de ñeque, de los que se soñaba San José de Calasanz en sus cartas y sus diversos escritos constitucionales.

Emprendió la construcción del colegio en el barrio San Sebastián, empezó a buscar terrenos para obras de extensión futuras, inventó el tecnológico de León pensando en los hijos de los indígenas de Subtiava; se embarcó en la realidad de San Pedro en Costa Rica, anduvo por Panamá, predicó en innumerables iglesias, fue al área rural, donde le encantaba ir a vivir el evangelio con los pobres, se arriesgó con el seminario junto a la esperanza de sembrar para el futuro, se hizo estudiante universitario y a la vez daba clases en la misma universidad en Managua.

Le fascinaba la catequesis entre los más pequeños, le preocupaba el desarrollo y la consolidación del área gratuita, que siempre la quiso al mismo nivel de la pagada, se inmiscuyó con prudencia y cautela, pero a la vez con iluminación donada por el Espíritu en los asuntos de la curia diocesana, en fin, es difícil enumerar en detalle en cuántas cosas andaba metido a la vez, y para todas tenía tiempo, dedicación, capacidad y entrega.

Por eso digo: el pequeñito P. Bruno o Benitín como dieron en llamarle los muchachos de aquel tiempo, era todo un discípulo de Calasanz en tierras que tanto ayer como hoy requerían y necesitan de hombres y mujeres de Iglesia, congregacionales, religiosos, laicos o de cualquier movimiento animado por el Espíritu, que convivan, que sean solidarios, que aprendan y que enseñen, que guíen y se dejen guiar, que iluminen y no oscurezcan, que amen a Dios por sobre todas las cosas antes que a hombres o autoridades temporales, que realmente amen al prójimo como dicen amar a Dios, y que se fajen en las actividades diarias al lado de los sufridos, de los desnutridos, de los que no saben ni tienen esperanzas de aprender, de todos aquellos que están reunidos en la inmensa multitud que vino a salvar aquí en la tierra como en el cielo.

San José de Calasanz vivió, se transformó, recibió el carisma y se dedicó a la obra, en tiempos de cambios y vaivenes, en período de lucha interna y externa de la Iglesia, y se hizo santo porque supo poner por delante su amor a Dios, a los pobres, a la Santísima Virgen María, a sus hermanos de comunidad, y él mismo se fue haciendo pequeño a los ojos de los demás de su tiempo, que andaban tras las mismas vanidades, intrigas, ambiciones y desvíos de ahora; Bruno Martínez vivió y se transformó en el cambio del Espíritu nuevo, novedoso y desconcertante para muchos, del Vaticano Segundo, fue también un hombre de Dios comprometido en la construcción del reino temporal y eterno, un cooperador de la verdad en todo el sentido de la expresión.

Fue sacerdote por vocación temprana, por sus votos, por su palabra, por darse sin reserva, por sus prédicas elocuentes, por su testimonio, pero sobre todo porque hizo el Evangelio. El sí que fue un cura de oración profunda y acción constante, con entrega, con desprendimiento, con bondad, de costumbres intachables y ejemplo de virtudes para sus hermanos de congregación y para todos los que tuvimos el privilegio de conocerlo. Inspiraba respeto, pero no-temor, su nobleza y su ternura se sentían a las primeras palabras, porque siendo sencillo era cordial y ameno. ¡Claro que era un hombre serio, no era para menos!, pero tenía una risa explosiva, contagiosa, con un sentido del humor que te resultaba sorprendente, si no sabías cómo era de espontáneo y diáfano.

El Padre Bruno es santo, no porque nosotros así lo queramos, es justo y venerable porque se lo ganó a puro corazón a puro pulso, con la sotana sudada, quemado por el sol, lleno de polvo o de lodo, capaz de una risa estruendosa y de un silencio piadoso que no es cualquiera el que lo puede lograr; es santo porque San José de Calasanz le cedió su carisma, lo iluminó y lo guió, pero sobre todo se dejó guiar; es santo porque no anduvo tras las idioteces humanas; es santo porque Dios nuestro señor lo tiene sentado a su diestra aunque nosotros ni siquiera podamos imaginarlo.

El mejor recordatorio que podemos hacer del Padre Bruno, es ver a nuestro alrededor y hacia adelante, es reflexionar sobre las mezquindades que a veces nos quieren ahogar, es decirle a él, a San José de Calasanz, y a Dios nuestro señor que nos dé el don de la humildad verdadera, aprender a comprender de una vez por todas que Dios quiere a todos sus hijos bien nutridos, aprendiendo a ser ciudadanos honestos, solidarios, con todas sus capacidades al servicio del bienestar humano, porque como escribió Calasanz en el 1621, a través del ministerio de la enseñanza podremos ser más dignos, más nobles, más beneficiosos, más útiles, más necesarios en el servicio, más enraizados en la naturaleza de todos los hombres, y que cada cual tome, o mejor que le resulte para venerar sinceramente a Bruno. ¡Bendito seas Señor, por darnos siervos como el Padre Bruno!

El Nuevo Diario. Jueves 2 de Enero de 2003